Calabacín el Aventurero

Calabacín el Aventurero: problems, Pimiento?

Cabalacín el aventurero

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Y no, no pone Calabacín.

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Written by calabacinelaventurero

febrero 18, 2011 at 07:00

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¿Título de la película?

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El crédito es para Xabi, que me contó este chiste (aunque nunca lee el blog, el rata de él)

 

se abre el telón y se ve a un tipo pidiendo codillo. Le traen codillo y una botella de whisky dyc.

Solución más abajo:

 

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con codillo dan dyc

 

Written by calabacinelaventurero

febrero 16, 2011 at 08:00

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Lo que busca la gente

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Una de las herramientas más divertidas del blog es la de estadísticas, que permite ver que ha tecleado la gente en google u otros buscadores para llegar al blog. Es bastante curioso ver cómo llega la gente. A parte de las búsquedas normales, hay dos casos curiosos: las búsquedas de cosas super bizarras, y las búsquedas de cosas normales, pero que de forma bizarra acaban llegando a mi blog (por ejemplo alguien que buscó Ceaucescu y llegó aquí WTF!!!)

A continuación pongo unas capturas totalmente inaccesibles de lo que busca la gente 😀

Búsquedas de google

Búsquedas en los últimos 7 días

Búsquedas en los últimos 30 días

Búsquedas en el último año

Written by calabacinelaventurero

febrero 14, 2011 at 18:36

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Nepal-Tibet. Capítulos 19-20-21: El eterno regreso

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El día 19 de nuestro viaje empezaba el largo retorno. Para empezar, teníamos que volver hasta Katmandú, desde Pokhara. Pese a estar a poco más de 200 km, el viaje en principio dura 7 horas (de risas la red de carreteras y transportes entre las dos principales ciudades del país). El día anterior habíamos cogido los billetes para ir con una compañía de autobuses de las caras. Así que a las 6 y media cogimos un taxi para ir a la estación de autobuses, con el que no negociamos ni un céntimo. Allí, un tipo nos preguntó a dónde íbamos y nos sirvió un poco de té bajo unas lonas (estaba lloviendo). Bastante crack el señor, se puso a hablar con nosotros y con otros extranjeros que estaban allí esperando a que su autobús partiera. Por supuesto, la mayoría de ellos eran catalanes, valencianos o vascos, como en todas partes. No tardamos en empaquetar las mochilas (con cierta desconfianza) y subir al autobús, que me recordaba a los que me solían llevar al cole a principios de los 90. Dios, un autobús de los 90 en Nepal era un maldito lujo! Un asiento por persona, asientos mullidos, aire acond… eeeehh…. miniventiladores individuales, sitio para que Iñigorkha estirara las piernas, ventanas que se abrían, y probablemente era capaz de rebasar los 50km/h, aunque no creo que lo hiciese.

Como los tipos duros y malotes que éramos, nos sentamos en la última fila y arrancamos el largo viaje. Fue risas que un poco más tarde, en una de las paradas, se sentaran con nosotros una pareja de Berriz. Mira que hay sitios en el mundo, pues de Berriz. Así tuvimos conversación un rato. También había unas chicas de… of course! Valencia. En estos años, siempre me encuentro con vascos, catalanes y valencianos. Gente viajera, seremos…

Era la primera vez que íbamos sin tragar humarro de los camiones (al parecer, el único tipo de vehículo, junto con las furgonetas y taxis que se vende en Nepal), que podíamos abrir la ventana y casi casi dormirnos en aquellos asientos. También aprovechamos para ver un poco más el paisaje rural de Nepal y sus gentes, aunque fuera desde la ventana del autobús. Podía verse a la gente haciendo toda su vida en la calle, y como siempre, mucho color.

un vehículo más en las carreteras nepalís

En Nepal, si no tienes un camión no eres nadie. Yo creo que en todo el viaje de Pokhara a Kathmandú pudimos ver cruzarse con nosotros unos 15 o 20 coches normales. Todo lo demás eran furgonetas o camiones. Aunque las velocidades no son muy altas (calculando a ojo yo creo que van a unos 35km/h de media), a veces pasan cosas. Eso sí, nunca son graves, justamente por la velocidad. No hay que pensar en una carretera de Nepal como una línea de anchura uniforme dividida en dos o más carriles por líneas blancas continuas o discontinuas. Las carreteras son caminos asfaltados de anchura que varía cada 20 metros, con curvas cada 40 metros, desniveles, cambios de rasante, zonas inundadas, baches y ningún tipo de separación de carriles. Además, no hay ningún tipo de regulación del tráfico, ni señales, ni indicaciones ni nada. Teniendo en cuenta esto, y que hay camiones que se ponen a subir una cuesta a 15km/h, se producen adelantamientos constantemente. Los adelantamientos se hacen sin ningún tipo de visibilidad. Si viene alguien de frente pues simplemente uno de los dos frena un poco y se echa a un lado (normalmente el que tarda más en tocar la bocina). Aunque van despacio, la sensación para alguien ajeno a esto es una sensación de peligro constante.

Un autobús estándar

Veíamos bastantes camiones volcados por el camino, gente que apuraba demasiado en una curva, o en un adelantamiento, pero nunca nos afectaba. Sin embargo llegó el momento en el que el tráfico tenía que darnos por saco. Después de la parada de rigor en un área de servicio, el autobús entró en una caravana que no parecía tener fin. Larguísima. Como no venía nadie, nuestro autobús y algunas furgonetas se metieron por el “carril” contrario. Hasta que empezaron a llegar camiones en sentido contrario y nos atascamos más aún. Por lo que vimos después, la situación que había provocado todo era que un camión había intentado adelantar a otro, y venía un tercero de frente. Ninguno se apartó a tiempo y se interbloquearon. Todos los camiones que seguían a los que bloqueaban estaban justo detrás, así que no podían maniobrar hacia atrás tampoco. Dos horas después conseguimos salir de ese atasco, pero esto no evitó que entráramos en otros.

baño al aire libre, gente sana.

 

mercadillo, también al aire libre


Al final, 11 horas fueron las que pasamos en aquel autobús. Para 200 km. Pero la verdad es que después de lo pasado en los días anteriores, fueron 11 horas absolutamente llevaderas. Al llegar a Katmandú no pudimos ser más engañados. El autobús paró en una calle bastante transitada, y con mucha circulación, parecía que estábamos lejos de Thamel, pero la realidad era que estaba en la calle de al lado. No saberlo nos hizo coger un taxi, y la nueva política de ni plantearse negociar los precios nos hizo pagar 100 rupias por llevarnos a Asmita. Cuando descubrimos que habíamos cogido el taxi a 150 metros de la oficina de Dil Pahari…

Así, el taxista se sacó unas perras, y nosotros llegamos cómodamente hasta la puerta de Dil, del que obtuvimos la pasta que nos tenía que devolver del vuelo que no pudimos coger, y  nos despedimos.

De allí fuimos a Asmita, donde estaban los valencianos del autobús! Y casi nos levantan la habitación!!! porque Asmita pensaba que ya no llegábamos. Menos mal que llegamos y fuimos a nuestro refugio de calidad en Nepal. Era como volver a casa.

Como era el último día decidimos pegarnos otro homenaje alimentario, así que fuimos a “La dolce vita”, un restaurante italiano en el centro de Thamel, del que nos habían hablado las chicas de Valencia. La verdad es que fue la mejor comida de todo el viaje, aunque no tuvo tanto valor relativo como la del día en que llegamos del infierno.  La Dolce Vita estaba en la zona más chula de Thamel, en frente del hostel más grande y elegante de Thamel. Fue una lástima conocer esta zona tan tarde. Después de comer, estuvimos haciendo nuestras últimas compras, anticipándonos a Mr. Monsoon, que finalmente nos pilló de lleno. También fuimos a un ciber para hacer el autocheckin online del viaje de vuelta de Iñigorkha, pero como es sabido, parar en un ciber lleva a la procrastrinación en sus más diversas formas. También leímos el mail de Xhabitse diciendo que se venía a vivir a Pamplona! Pero no era novedad para nosotros 😀

No tardamos mucho en dar con nuestros ahora huesudos cuerpos en las haimas de Namasté Café & bar, nuestra parroquia, a tomarnos un último cocktail, ya sin miedo a los hielos locales. La noche no estuvo mal, musicón, cócktails ricos y despedida de la zona cero de Thamel. Nos fuimos pronto a dormir, ya que al día siguiente partíamos hacia casa.

Día 20. Probando la seguridad aeroportuaria nepalí

El día 20 nos levantamos bastante pronto para ir al aeropuerto de Kathmandu con tiempo. Al parecer necesitas casi 3 horas para hacer todo bien. Hasta que estuvimos allí no sabíamos muy bien por qué. El problema son los chequeos de seguridad:

Entrada del aeropuerto: te chequean a ti (cacheo sobre una tarima) y a tu bolsa, sin ni siquiera haber facturado. Ponen una etiqueta de seguridad en tu bolsa, acreditando que esta bien

Facturación: vuelven a mirar tu bolsa y le ponen otra etiqueta. También a la de mano

Paso por inmigración: te chequean visado. No tardan mucho pero hay que rellenar un absurdo papel. PApeles hay mil. Bolígrafos ni uno. Así que llegas a la ventanilla con el papel en blanco y lo rellenas allí.

Checkpoint antes de la puerta: Vuelven a chequearte a ti (cacheo en general, paso por un arco de seguridad). DEspués un tipo mete la mano en tu bolsa y la chequea. Pone un sello a la etiqueta anterior (30 segundos después la tinta del sello se ha corrido y no se ve nada)

Justo antes de entrar en el área de espera de la puerta de embarque: un tipo vuelve a chequar tu mochila, etiquetada y sellada, y se asegura de que no lleves agua (que sólo has podido comprar dentro del aeropuerto, ya que si llevabas algo, te lo habían quitado antes)

Embarque: Llaman a embarcar y juuuusto antes de coger el bus que te lleva a la puerta del avión, se forman dos colas, una para mujeres y otra para hombres, donde te cachean y vuelven a comprobar tu mochila, etiquetada, sellada y sin agua.

Puerta del avión: el bus te lleva hasta la puerta del avión y allí en mitad de la escalerilla montan otro puesto de seguridad con mesitas y demás, en el que VACÍAN TU MOCHILA para volver a registrarla!!!!!

Llegados a este punto te preguntas qué sentido tenían todos los demás cacheos y chequeos, si justo antes de entrar en el avión te iban a vaciar la mochila… Alguien no ha aplicado la lógica demasiado… PEro bueno, supongo que el lema de Nepal Airlines es “Security First”. O algo.

En fin, después de ese inicio tan desesperante, los vuelos a Nueva Delhi y de Nueva DElhi a Londres fueron absolutamente placenteros (quizá no tanto para Iñgorkha, que se sumió en su burbuja de lorazepam, aunque no le hizo demasiado efecto).

TEníamos que hacer noche en Londres, así que Iñigorkha contactó con su hermano, que estaba viviendo allí y nos alojó por esa noche. No fueron demasiadas horas, ya que Iñigorkha tenía que estar en Stansted a las 6 de la mañana, y habíamos llegado a Londres a las 10 de la noche. Pero fue glorioso poder dormir en una cama y no en el frío y ruidoso suelo de Stansted. No sé Iñigorkha, pero al menos yo le debo una gorda a su hermano.

Día 21. El final

Para poco más de las 5 ya estábamos montados en el Stansted Express.

Miles de horas despiertos nos llevaron hasta la red de ferrocarriles ingleses

En este momento, después de todo lo que habíamos pasado en el valle de la muerte y los autobuses subsiguientes… Perder avión, buscarse la vida, cambios de autobús, derrumbamientos, alojamientos infernales, buses más infernales aún… Estar en Londres daba una sensación de seguridad absoluta. Por primera vez iba al aeropuerto sin pensar en qué puede pasar si pierdo el avión. Pues nada, si lo pierdo ya me las arreglaré, estoy al lado de casa! De hecho lo viví poco después.

Iñigorkha partió el primero, su vuelo era pronto (el mío era a la una del medio día). Recuerdo la despedida con especial emotividad. Aunque quizá sólo esté en mi cabeza.

Como el last man standing en el que me convertí, aguanté hasta la 1, leyendo, para coger mi último avión. Cuando estábamos en la puerta de embarque, dijeron algo por megafonía… El vuelo se iba a retrasar, cambiar de puerta, explotar, o algo. No presté atención. La gente que esperaba se revolvió. Viajeros amateurs :D.

Yo ya estaba en casa.

Written by calabacinelaventurero

febrero 12, 2011 at 12:15

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Curso de foto: las fotos del último día

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A continuación, la crónica del último día del curso de foto:

Eneko nos hizo una bucólica escena pastoril aderezada con algo de bullying inter-osos de gominola, y poca profundidad de campo. El equilibrio de la composición fue diseñado por Eneko Kodrilo Ltd.

Conspiración úrsida

Rubén se decantó por el disparo a gran velocidad, para terminar haciendo una larga exposición con flashazo manual incorporado. La torpeza del flash, que no captó el momento en que el oso de gominola se zambullía vino de la mano de BayuEntertainment

Plotch

Txus optó por un retrato de gran intensidad y escasa PC. Cómo conseguir tan poco espacio dentro de foco? La magia vino de Mister 85 f1.8. El saber estar, de Rubén Inc.

Jerolo-shot

Ainhoa deslumbró a su powershot con un torbellino de luz y largas exposiciones. La linterna es cortesía de Bayu Light and Magic. La curvatura, cortesía de los profes de dibujo de Ainhoa.

ubisoft???

Bayu hizo el mono a diferentes niveles. 20 segundos y pinchazos de luz. El enfoque, mejorable, as always.

Mono azul. Sin post-pro

Perro, el juego de rol (TM)*, patrocinó el evento.

Patrocinadores

*Perro, el juego de rol es una marca Txetxuada (TM)

Written by calabacinelaventurero

febrero 1, 2011 at 23:56

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Nepal-Tibet. Capítulo 18: Huida del Valle de la Muerte

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Para mí nunca hubo amanecida. Fue una noche de constante tensión, pendiente de la puerta y quien estuviera al otro lado intentando entrar. A las 5 empezó a amanecer y empezó el movimiento en la calle en Beni. Cuando me aburrí, y teniendo en cuenta que había un bus a Pokhara que salía a las 7, movilicé a Iñigorkha. Sin pasar por la casilla de salida, ni por lo que podría haber sido el desayuno, fuimos a recepción directamente a cambiar dinero y a que nos indicara dónde estaba la parada de autobuses; de paso compramos alguna chocolatina y agua, nuestro alimento básico en los 5 días del Valle de la muerte.

El tipo, lejos de decirnos dóde estaba la parada de autobús, se emperró en acompañarnos hasta el mismo asiento. Resultó que la parada estaba en la misma puerta del hotel. Todo lo que no vimos el día anterior por ser de noche se revelaba ahora. Beni era un pueblo alejado de los circuitos turísticos. Éramos los únicos occidentales en el pueblo y por sus caras parecía que llevaban tiempo sin ver uno. Todos nos miraban como a bichos raros. Era un pueblo sucio, viejo, embarrado y con una población recelosa. El tipo del hotel, que era tan obsceno y grasiento como el hotel, y éste lo era como el pueblo, nos llevó hasta la ventanilla de tickets y nos los sacó él, pidiéndonos las rupias. Iñigorkha estaba convencido de que hacía esto para sacarse unas perras adicionales, la desconfianza en cualquiera de alrededor era máxima, después de los últimos eventos. Pero no, el tipo nos sacó los billetes porque sí, y nos acompañó al mismo asiento del autobús y nos dijo dónde debíamos sentarnos.

Claro que desde el minuto uno tuvimos dudas de que ese autobús fuera a Pokhara y no vete a saber dónde, así que preguntamos a todos los que pudimos para asegurarnos.

Cuando estuvimos en el valle de la Muerte parecía imposible montarse en un autobús peor que cualquiera de los 4 que cogimos durante la marcha aciaga. En Beni descubrimos que era posible, y de qué manera! A parte de ser una vieja furgoneta con ventanas a la que le habían puesto asientos, con lo que implicaba en cuanto a estrechez de los mismos (en un asiento me cabía medio cuerpo sólo), los asientos habían sido sacados de algún autobús indio retirado tras 50 años de servicio. El asiento de Iñigorkha tenía el respaldo blando, caía demasiado hacia atrás. Los de delante estaban demasiado cerca, así que yo no, pero él pegaba con las rodillas e iba absolutamente comprimido.

Además de las incomodidades del autobús per se, había que añadir el factor bus de línea. Quien ha cogido alguna vez el bus de línea de Bilbao, que va de Santutxu a Rekalde, o alguno similar sabe que son autobuses que para recorrer 4 kilómetros tardan 1 hora pasada (son más lentos que ir andando). Hay una parada, cogen gente, y a los 80 metros hay otra parada en la que sube gente distinta, pero lo más inquietante es que se baja gente que se había subido en la parada anterior! Hay que ser vago para hacer el trayecto gran vía 20 a gran vía 40 en autobús!

Pues este bus era igual, pero en Nepal. Y no eran 4 km, serían unos 90. Resultado, 150 paradas, incluídas paradas para mear! Sí! y 7 horas de viaje. Básicamente cada 3 minutos el bus paraba a recoger gente en cualquier sitio. Todo el camino de Beni a Nepal era una “carretera” (a esto llego luego) flanqueada por casas (que no pueblos), simplemente casas sueltas junto a la carretera.

TEníamos la idea de que el viaje sería por carretera y estábamos aliviados en ese sentido, pero en realidad casi la mitad del viaje fue por caminos de cabras tan malos como los que había por jomsom. Cuando por fin pisamos asfalto fue en parte aliviante. Sólo en parte, porque el temazo de este viaje fueron los acompañantes.

El viejuno: no es decir mucho en realidad ya que allí no había jóvenes. PEro detrás de Iñigorkha se sentó un viejuno minúsculo arrugado y quejoso que estaba a disgusto con su asiento: quería el de Iñigorkha! así que estuvo buena parte del viaje emitiendo sonidos quejosos, dando golpes al asiento de Iñigorkha, y gritando cosas a la gente de alrededor

La madre: Junto a mí, en el suelo del autobús (ya que iba a reeeeeveeentar) se sentó una mujer con 4 ó 5 críos. Cada cierto tiempo se agarraba a mi pierna, los críos se tumbaban sobre mi pie, o lloraban, o ella los amamantaba (esto era frecuente). Podría pensarse que éramos unos sucios perros occidentales que no dejamos a la señora nuestro sitio; pues no, yo lo intenté pero la señora pasó de mí. No quería relacionarse con perros occidentales. Al margen, nadie más le ofreció su sitio.

Los 5 acompañantes del viejuno, que se convirtieron en 7: El viejuno iba en la última fila del bus, pero no iban 4 ó 5 personas, que es lo normal, iban 6. Y llegó un momento en el que entró una señora que si no tenía 200 años no tenía ninguno, y la acomodaron atrás (el bus tenía acomodador). Así que metieron allí a la vieja y a su acompañante. Dos señores pasaron a tener a otros dos en sus regazos. El viejuno quejoso empezó a quejarse más y a aporrear el asiento. Y la vieja se sentó en el asiento del medio, es decir, prácticamente al lado mío. En Nepal hay una costumbre que no hemos contado: escupir en cualquier lado. Ibas por la calle y siempre había alguien haciendo el ruido horrible de coger flemas para después escupirlas. Era estándar. No pasaba nada, y estaban todo el tiempo haciéndolo. Estaban tan acostumbrados que necesitaban poder hacerlo también en los medios de transporte. Los que tenían ventanilla no tenían problemas, escupían por la ventana. Pero había una solución para los que no tenían ventanilla: el acomodador también era un repartidor de bolsas, como las del vómito de los aviones, que estaban pensadas para escupir. LA vieja de 200 años que se sentó en la fila de atrás, pero que iba echada hacia adelante, por lo que su cabeza estaba junto a mí, estuvo las 6 horas de viaje escupiendo. De forma constante e ininterrumpida. Sus bolsas de escupitajos se llenaban de forma repugnante y le acercaban otras. A veces se quedaba parte de la saliva (y otras porquerías) pegada en los labios (labios de 200 años… pellejos colgantes, más bien), y tenía que hacer ruidos y gestos adicionales para eliminarlo. Así, Iñigorkha tenía al viejuno dándole una barrila infame, y yo tenía al lado de mi oreja a la vieja escupidora.

El acomodador: un tipo que hacía el papel de acomodador, interventor, cobrador de billetes, suministrador de bolsas para escupir, y que nos pidió los billetes en varias ocasiones, como si se olvidara de los únicos perros occidentales que iban en el bus

El viejuno que llevaba unos fardos gigantes de vete a saber qué y los dejó en medio del pasillo: Este hombre debía de ser el Olentzero de Nepal o algo así. Era viejo, barbudo, no gordo, ni con pipa, pero sucio de carbón, y llevaba mil paquetes que dejó en medio del autobús. Habría dado igual de no ser porque en cada una de las 150 paradas que hizo el bus, varias personas tuvieron que cruzar el pasillo en ambas direcciones, con lo que más de una vez veías a una señora de 70 años escalando por los paquetes, o a un tipo gigante levantando la pierna tanto que su pie estaba en tu cara. Muy divertido.

Y en general, todo el resto de gente que iba en el bus, mucha, variada, y escupiendo constantemente.

CUando llegamos a Pokhara, algo que llevó horas y horas, el suelo estaba lleno de porquería, papeles, bolsas y la chica con varios críos que estaba al lado mío había estado sentada en un charco de vómito, presumiblemente de sus críos, pero vete a saber. No olía demasiado pero era igualmente repulsivo. Bajarse del bus fue absolutamente liberador. Cogimos el primer taxi y aquí empezó a notarse el cambio de políticas monetarias de Iñigorkha, le pedimos ir al Butterfly Lodge y no le regateamos. SImplemente llévanos, sucia rata!

Pero nos paró antes del Butterfly Lodge, para poder coger los viajes a Katmandú. ASí que fuimos a un par de agencias pero tampoco no esforzamos mucho, cogimos el primer bus de la mañana del día siguiente, que si todo iba bien, nos dejaría en Katmandú a medio día, con tiempo de sobra para realojarnos y prepararnos para la salida al día siguiente.

De allí al butterfly lodge. Jamás volver a un albergue de gama baja había sido taaaaan “feels like home”. DEspués del valle de la muerte, era nuestro jodido hogar. Era el cielo. Era Elvis!

Y la ducha. Sólo pedimos una cosa al tipo del butterfly lodge: “danos una habitación que tenga una ducha cojonudísima”. Esa ducha. Normal, en apariencia. Pero caliente. Con varios chorros. Con jabón. DEspués de 5 días sin pisar una, y con 4 grandes sudadas a nuestras espaldas. Esa ducha fue lo más próximo al paraíso que vamos a estar nunca.

Tras recrearnos en el agua caliente, buscamos en la guía el mejor restaurante de Pokhara, porque la comida de ese día iba a ser LEGEN…. wait for it…. DARY!

Así, nos dirigimos al Moondance, donde comí por fin unos macarrones con queso excelentes, Iñigorkha un filete presumiblemente espectacular, y una ensaladita. Qué vicio. San Miguel nos acompañó la comida. Lo creáis o no, es una de las cervezas más extendidas en Nepal, y probablemente la principal de importación.

Festín LE-GEN-DA-RIO. Qué bien saben unos macarrones cuando acabas de escapar del Valle de la Muerte.

Ni qué decir tiene que la mirada de los mil metros a estas alturas era la única mirada que teníamos.

Después de aquello nos dirigimos al butterfly lodge de nuevo donde la siesta fue una de esas siestas que entran en los manuales de las siestas y en el futuro los niños las estudiarán en el cole.

Por la tarde, tras especular un rato por los puestitos y por internet, cenamos un poco, y nos fuimos a dormir, no demasiado tarde, para poder disfrutar de unas camas que eran camas de verdad, y una noche en la que no iba a haber ladrones, mosquitos, tensión previa a un vuelo que no podíamos coger, ni nada por el estilo. Mañana era nuestro último día en Nepal.

 

Written by calabacinelaventurero

enero 23, 2011 at 16:19

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Nepal-Tibet. Capítulo 17: La marcha aciaga UPDATE: Pongo un par de fotos que he rescatado

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El día 17 amaneció gris, mal presagio; pero ni una bandada de mil cuervos desplomándose súbitamente y cubriendo el suelo pedregoso de Jomsom con una tétrica alfombra negra habría podido presagiar con suficiente nitidez la amargura del día que nos esperaba. Pronto, a las 6, recogimos todo y partimos cabizbajos hacia el aeródromo. Llovía. Las posibilidades de volar parecían muy escasas. Las esperanzas eran altísimas. Así pasamos a una sala de espera del aeródromo llena de franceses (un grupo joven) e indios. Muchos indios. Indios dando paseos. Indios durmiendo. Indios hablando a grito pelao por el movil. Indios viejos y jóvenes. En la antesala de nuestro vuelo a POkhara.

Aclarando la situación, en 3 días teníamos que estar en Katmandú, ya que la mañana del día 20 volaba nuestro avión de vuelta. La cuestión es que la conexión Jomsom-Pokhara sólo podía hacerse por avión, en teoría. Si nuestro avión no volaba hoy, tendríamos que esperar al día 18, y cruzar los dedos esperando que volara el 18. Después teníamos que tener un día de margen, que es lo que se tarda en volver desde Pokhara a Katmandú. Es decir, si el 18 no había avión tampoco, perdíamos el avión de vuelta a Bilbao. Parece increíble, pero no había más configuraciones posibles.  Queridos lectores, si algún día hacéis este trekking, no lo dejéis para el final del viaje, hacedlo al principio para tener días de margen.

Por los vientos, los aviones nunca vuelan por la tarde entre Jomsom y Pokhara, y por la mañana dependen totalmente del tiempo. El día 17, el tiempo no era bueno. Llovía y había niebla entre las montañas. Nuestro avión salía a las 7. No salió a las 7.

Constantemente nos decían que siguiéramos esperando. Las esperanzas se abrían junto con los claros en el cielo. Pero en Jomsom no había aviones, para que voláramos, alguien tenía que volar previamente de Pokhara a Jomsom.  Y así transcurrieron 5 horas de mañana en aquella habitación desde la que se veía, con absurdas esperanzas, la pista y el cielo. Rodeados de indios, franceses y un par de familias con críos. La mayoría bastante despreocupados, se podía decir (probablemente no tenían 48 horas para estar en katmandú).

Algo después de las 11, un hombre vino a decirnos que no iba a haber aviones. Que nos olvidáramos y volviéramos mañana. El horror. Qué demonios hacemos! Oficialmente sólo podíamos quedarnos. Extraoficialmente, había algo que hacer, por carretera, teniendo suerte. Cualquiera de los casos era jugársela, así que decidimos ir a lo más “seguro”: la carretera. Rápidamente llamamos a Dil Pahari para saber qué hacer, y nos recomendó fuertemente no volver por carretera, pero cuando le dijimos que estaba decidido, simplemente nos dijo “buena suerte”. Otro mal presagio.

Fuimos en primer lugar a la oficina de la compañía aérea para cancelar los billetes y que Dil nos devolviera el dinero. Así, como no nos lo habían devuelto en mano, no teníamos demasiado dinero en efectivo, y no había ningún sitio para cambiar. Fuimos a una lonja donde se compraban billetes de autobús (sí, autobús). Y nos explicaron en qué nos estábamos embarcando:

Teníamos que coger un autobús. Bajarnos. Hacer un pequeño trekking. Coger otro autobús. Bajarnos.  Hacer otro pequeño trekking. Coger un tercer autobús. Bajarnos, hacer otro trekking. Coger el cuarto bus. Hacer un trekking de hora y media. Buscarse la vida para encontrar un transporte. Llegar en ese transporte a Beni, donde había autobuses regulares a Pokhara. Había tantas variables aleatorias que podían hacer que todo saliera mal…

Recorrido infernal

Pero en fin, gastamos prácticamente todas nuestras rupias (no nos quedaban muchas y no había sitios para sacar dinero), y nos montamos en el primera autobús. Autobús es una palabra extremadamente generosa, incluso “autobús nepalí” era generoso para aquella tartana. Nos sentamos atrás del todo, ya que el autobús iba lleno con un grupo de alemanes y sus guías. Había un indio cuyo equipaje ocupaba un asiento entero. Junto a nosotros, una pareja de franceses, extremadamente parisinos. Iban hippis, sucios, y estaban en ese autobús, pero la tipa se estaba limando las uñas delicadamente (y no era una tipa delicada precisamente…). Poco después de arrancar, y empezar a andar por aquellos caminos de piedras, alguien comentó algo sobre las mochilas de los franceses, que estaban por el medio del pasillo. La francesa, que estaba atascada en la ventana y no podía salir cómodamente, ya que estábamos yo y mi mochila en medio, le pidió a uno de los guías que se la acercara. El guía, conocido a partir de ahora como “el maldito sudao”, le dijo con la mayor acritud posible: “si la quieres cógela tú”. Pero borde, con mala cara, e hijoputa.

Flipamos un poco con la actitud de los guías en general, y también con la de los alemanes, que les daba un poquito igual lo bordes y rancios que eran sus guías con nosotros. Después de una buena dosis de botes, malas caras, y cruzar un par de minipuentes a base de tablas de madera paralelas sobre un riachuelo, llegamos a nuestra primera parada. No había entendido muy bien lo de coger tres autobuses. Ahora lo entendía. Aquí no había puentes de verdad, sólo puentes Indiana Jones. Así que si había un río (y cómo son los ríos aquí, que bajan cargadísimos y bravos de los montes de 7000 metros), había que bajarse, cruzar el río y coger otro autobús que esperaba al otro lado. Nos soltaron en una explanada, y vimos como los guías de los alemanes iban corriendo a cruzar el río y a montar en el otro autobús, que ya esperaba. Cruzamos el río sobre un madero y cuando llegamos al bus, dentro estaban dos de los guías diciéndote dónde no podías sentarte. Básicamente, no podíamos usar más que 3 asientos. Además te decían que estaba reservado, y te miraban con cara de odio por si quiera intentar sentarte en la parte de delante. El maldito sudao ahí nos gritó que nos fuéramos atrás, que esos asientos no eran para nosotros. La verdad es que los ánimos no eran para discutir, porque encima el sudao era colega del driver, pero no tenía ninguna razón…

El segundo autobús se fue adentrando poco a poco en la selva nepalí. Dejamos atrás los desiertos pedregosos de por encima de 2500 metros y empezamos a atravesar la espesa vegetación y los barrizales más propios de otras altitudes.  No tardó demasiado en volver a parar para hacer el segundo transbordo. En esta ocasión, no era sólo cruzar un río. Tuvimos que andar un rato, bajar una pendiente por la que alguno de los alemanes rodó (eran un poco mayores), cruzar un río, y subir una pendiente similar al otro lado.

Allí esperaba el tercer bus, en el que los sudaos de mierda nos volvieron a hacer la misma jugada, pero en este caso conseguimos sentarnos un poco más adelante. Algo habíamos avanzado. En el tercer bus se subió gente adicional, a medida que parábamos en chabolas que había por el camino. Desde el tercer bus pudimos ver los primeros deslizamientos de tierra, que eran según todo el mundo había dicho, el gran peligro de las carreteras nepalís. En todo momento la carretera seguía junto a un río, aunque mucho más alta, de forma que si había un corrimiento que te empujara al río, o la palmabas ahogado o la palmabas del golpe.

Llegamos a nuestro último transbordo. Aquí no había que andar mucho, sólo cruzar un río, pero una vez estuvimos en el otro lado, intentando ganar a los sudaos, descubrimos que no había bus esperando. OMG! cualquier retraso era catastrófico. Así que nos sentamos y estuvimos esperando en medio de ninguna parte a que apareciera un bus, supuestamente. El indio que venía desde el principio se puso a practicar algo curioso. Lanzaba una piedra, que había elegido cuidadosamente antes, al aire, y con una segunda piedra intentaba dar a la primera, mientras ésta volaba. Parecía complicadísimo, pero el tío lo conseguía. Pensamos que, siendo indio, jugaría a cricket o algo, en la India, y tendría práctica con eso. No tardó en empezar a hablar con nosotros y hacernos descubrir que en realidad era americano, de Nueva Jersey, aunque de ascendencia india. Eso encajaba. A lo que jugaba este tipo era a baseball, por eso tenía ese callo tirando piedras y acertando (porque además las tiraba a tomar por saco).

Después de una larga espera, en la que algunos empezaron a perder la calma, apareció el bus. Los sudaos nos la volvieron a jugar, pero esta vez importaba menos, ya éramos un grupo majo, los dos franceses, nosotros dos y el indio. El cuarto bus fue más entretenido, aunque también tuvo sus incidentes. Después de pasar Ghasa (o quizá fue en Ghasa mismo), el bus paró en un puesto de policía en el que controlaban pasaportes y permisos de trekking. Los sudaos se bajaron rápidamente, y nosotros nos quedamos dentro, sin saber muy bien qué teníamos que hacer. Al final, Iñigorkha bajó con mi pase y mi pasaporte, para llevar ambos. No sé qué pasó, pero desde la ventana veía a Iñigorkha hablando acaloradamente con los guardias… Mientras, en el bus, el sudao, que ya había vuelto, me gritaba porque por nuestra culpa iban a salir tarde. Yo le ignoré y la francesa, que esperaba a su compañero, le dio alguna respuesta soez. Cuando Iñigorkha por fin volvió, el sudao de mierda le gritó también a él, por entretener a su querido grupo de alemanes. Los cuales en ningún momento se dignaron ni a mirarnos. A parte del indio americano, había un indio de verdad, que era bastante majete. Éste nos estuvo metiendo en la cabeza la idea de que si pagábamos lo suficiente a los jeeps en Titre, nos llevarían hasta Pokhara, y estaríamos a las 10 allí. Iñigorkha decía que era un flipao y que era imposible. Aunque yo estuve esperanzado, el tiempo dio la razón a Iñigorkha.

El bus nos dejó poco después de Ghasa. De ahí teníamos que andar hasta Titre, pueblo en el que supuestamente teníamos que conseguir un jeep. Había un camino a Titre, pero entendimos rápidamente por qué los buses no lo transitaban. Teníamos hora y media de trekking por delante, pero en menos de 5 minutos, la francesa, que iba con sandalias, pisó donde no debía y el barro le llegó hasta el muslo. La cantidad de barro y tramos con piedras laterales caídas sobre la carretera era tal que era impensable circular por esa zona. Ni con un big foot. Fuimos viendo como los alemanes con sus guías sudaos se iban alejando ya que iban bastante rápido, mientras que nosotros íbamos esperando a la francesa y sus sandalias (ya que su compañero, que aquí se vio que no era novio) pasaba en moto de ella, y al indio, que iba haciendo fotos.

Las vistas del minitrekking, cascadas, río, la única foto que tenemos.

La verdad es que este era, sin lugar a dudas, el paisaje más espectacular de todos los que vimos en las tres semanas. El río salvaje, cascadas que caían por encima nuestro de los laterales de la montaña, selva brutal… El indio estaba flipando. Nosotros también, pero había tres problemas: eran las 17.00 y aquí anochece a las 19.00, así que andábamos justitos; no sabíamos dónde carajo estábamos, no teníamos guías, y las únicas personas que conocían el terreno se alejaban; y estábamos de muy muy muy mal humor por todo lo que estaba pasando. Así que no hicimos fotos. Estábamos como para sacar la cámara…

Fue toda una sorpresa llegar a unas cabañas donde había unos tipos con jeeps a los 15 minutos. En cuanto llegamos, los sudaos ya estaban marchándose en varios de los jeeps que había.  Así que negociamos un jeep para Shyam (el indio), nosotros, y los franceses, que nos llevara hasta Titre, el “pueblo” en el que conseguiríamos transporte hasta Beni. Yo seguía pensando en lo que nos había dicho el otro indio, esperanzado en que llegaríamos a Pokhara esa misma noche.

Llegamos a Titre, que no estaba tan lejos y aquí vino el surrealismo. Titre no era un pueblo. Titre eran 3 chabolas en medio de la selva. Literalmente tres. Aparentemente había jeeps. Aquí nos habían dicho que teníamos que conseguir un transporte, en este putipueblo! Joder menuda suerte tuvimos de que hubiera si quiera personas! nos metimos en una de las chabolas a negociar con los lugareños. Negociación surrealista también: un tipo de no más de 16 años, con media camiseta quitada que tenía claros indicios de retraso mental (ése sería el driver), otro tipo, con una pinta de mafioso terrrrrrrible (camiseta blanca de tirantes sucia, pelo sucio, mirada lasciva y un mechón de pelo grotesquísimo en uno de sus brazos), que era el tipo que decidía el precio, y otro aparentemente normal. 3 chabolas, en mediode la selva, con 2 jeeps con los maleteros abiertos… eso era una maldita negociación de drogas en la selva de Colombia! Nosotros casi no teníamos dinero, y Shyam y los franceses, no iban hasta Beni, ya que tenían más días disponibles. Así que tuvimos que ratear como pudimos la pasta, y aceptar quedarnos en Tatopani, el sitio donde dormirían los franceses (la chica se llama Louise “pero llámame Luisa porque los españoles no sabéis pronunciar mi nombre y para que lo pronuncies mal, mejor no lo hagas”) y el indio. También compramos una bolsa de patatas y comimos por primera vez en todo el día. Shyam nos cambió algunos dólares por rupias, porque no teníamos para seguir.

El viaje de Titre a Tatopani fue un infierno. La carretera era un barrizal, y el jeep constantemente se quedaba atascado (el tipo con retraso mental jamás puso la reductora, en el fondo era un crack conduciendo). Siempre íbamos junto al río, pero con la caída brutal a nuestra izquierda, y la tierra a punto de caerse a nuestra derecha. En general daba bastante miedo, pero veíamos al tipo seguro.  De vez en cuando vadeábamos pequeños afluentes del río principal, lo cual daba más miedo, ya que solían bajar fuertes y el lecho eran rocas bastante resbaladizas (aquí el jeep perdía tracción sí o sí). Pero el momento de verdadero acojono fue cuando el jeep se atascó en un barrizal, y no salía. El tipo empezó a dar marcha atrás, pero el coche se giraba y estábamos cerquísima del borde. Yo, que estaba bastante acojonado, le dije al pavo que nos bajábamos y que hiciera las maniobras estilo gorila que quisiera, pero ni caso. No terminó ahí. Shyam, que estaba tranquilo en la ventana de la derecha, de repente empieza a decir “stop…. don’t fall.-… don’t fall…….. ” Miramos por la ventana, y un desprendimiento estaba empezando justo al lado nuestro! Las primeras rocas empezaron a caer, pero eso iba a ser mayor. El retarded driver lo vio y empezó a conducir mucho más gorilla-style, pero al final consiguió sacar el coche. Tras nosotros, como en las pelis de aventuras, pero mucho más acojonante, la pared cayó sobre la carretera. Libramos justísimo. Me han dicho que la francesa vio una sombra con forma de guadaña escabullirse entre la espesura.

Con indicentes similares, pero de menor importancia, conseguimos llegar a Tatopani. Esto sí que era más pueblo, tenía un hotel y unas fuentes termales que Shyam quería disfrutar por una noche. Nosotros íbamos a quedarnos aquí, pero la verdad es que era jugársela un poco. Al día siguiente llegaríamos a Beni, luego habría que buscar un bus a Pokhara, y luego arreglárselas para llegar a Pokhara a Katmandú. Pese a que el paisaje en Tatopani era sencillamente espectacular, y a que había unas termas, y un hotel, y a que si nos quedábamos haríamos todo el viaje con Shyam, que era un crack, decidimos probar suerte y decirles a los del Jeep que nos llevaran hasta Beni.

Justo cuando íbamos a negociar con el jeep, aparecieron los alemanes, en un bus (de dónde había salido eso y cómo había llegado hasta aquí??) y pararon. Les pedimos amablemente, ya que medio bus iba vacío, que nos dejaran ir con ellos hasta Beni, les pagábamos lo que costara. Y el jodido sudao, sin dejar hablar a los alemanes, nos dijo que ni de coña, que eso era un bus privado. Pero si tenéis sitio! Da igual, private bus, private bus… SARNOSOS

Así que nos vimos obligados a negociar con los tipos del jeep en unas condiciones totalmente desventajosas, ellos sabían que no teníamos nada y que teníamos que llegar. Finalmente, y con gran indignación de Iñigorkha, acabamos aceptando ir a Beni por 40 dólares. Sí, sí, 40 dólares! Esos tipos podrían tardar 3 ó 4 meses en ver 40 dólares americanos juntos… Pero no había mucho que decir, y gracias a Shyam, que negoció con ellos, ya que sabía algo del hindi que hablan en Nepal. Si no habría sido mucho más. Iñigorkha tiene una férrea política de no pagar por algo más de lo que vale, incluso cuando el sobreprecio es poco dinero para ti. Así, estuvo quejándose largamente durante el viaje, pero tras este viaje, y los que sucedieron los dos días siguientes, puedo aseguraros que se volvió completamente laxo con el cumplimiento de su política: ya todo daba igual, la cuestión era llegar a los sitios.

Los tipos del jeep (el retarded driver y el guía) eran aparentemente majetes, pero vimos que en el fondo eran gentuza, como toda la que nos habíamos encontrado por esta parte de Nepal. Hasta el punto de que en los 40 dólares, les pedí que incluyeran un par de botellas de agua, ya que no teníamos rupias, y me pusieron mala cara y les tuve que convencer! por dios! pero si tenían pasta para 2 meses!

Poco a poco fue cayendo la noche y el camino daba más miedo: no se veía nada, seguía habiendo barrizales, desprendimientos y vados resbaladizos, y el río no se veía, pero se oía corriendo salvaje a nuestro lado. La conducción fue en todo momento con las largas, ya que con las luces de cruce no veían bien, e hicimos varias paradas, una de ellas en una chabola donde uno de los tipos entró a coger un jersey… era su casa!

Sobre las 8 y media cruzamos un gran vado, bastante profundo y peligroso. Unos metros después de pasarlo, el jeep paró, y nos dijo el guía que iban a esperar a que pasara el bus de los alemanes, que iba por detrás nuestro (le habíamos adelantado en esa cutrecarretera, sí…), ya que igual tenía problemas para cruzar. A mí no me pareció bien que pararan por esos sarnosos, pero entiendo que conductores y guías del bus, eran sus amigos. Así que pararon, y nos dejaron solos en el jeep con las puertas abiertas y el motor en marcha. Al cabo de un buen rato aparecieron de nuevo: el bus no lo había conseguido. Había muerto tras cruzar el vado, y los alemanes estaban tirados.

Momento tensión, sin driver y solos en el jeep

Casi me parecía un motivo de alegría, pero los problemas no tardaron en llegar: los alemanes querían venir en nuestro jeep, y nuestros guías querían que vinieran con nosotros. 11 personas! Es decir, pretendían que fuéramos 15 personas en un jeep (era un jeep normal). Así que vinieron al jeep a llorarnos. Bueno, más bien lloraron a nuestros guías y les mandaron a donde nostros. Ni si quiera se dignaron a venir. Yo en principio me oponía frontalmente, pero cuando descubrí que con ellos iba el indio majete del principio que nos había vendido el humo de que a las 10 estábamos en Pokhara, ya me dieron un poco más de pena. Así que les dijimos, vale, venís pero pagáis 11/13 de lo que hemos pagado por el viaje, ya que hemos pagado una pasta y nos va a suponer ir superincómodos. Pues allí apareció el sudao y dijo que no, que ellos venían de gratis. Pero en plan mal, ni suplicar ni nada… o sea ni estando en esas condiciones el tipo estuvo correcto. De hecho, Iñigorkha se bajó del coche para intentar que aceptaran venir sin pagar nada del viaje hasta Beni pero poniendo lo que faltaba hasta Pokhara, y así ellos tenían jeep y nosotros no pagábamos más por ir a Pokhara. Pues cogió el sudao y con toda la mala hostia le dice que vuelva al coche, que ése es su sitio. Pero ¿con quién pensaban negociar, si a nosotros nos mandaban a tomar por saco? Los alemanes ni inmutarse, allí en su esquina. El indio vendehumos estaba hablando conmigo, intentando hacernos entrar en razón. Pero vamos a ver. Estos desgraciados nos han dado el viaje, no dejándonos coger asientos, insultándonos, diciéndonos que les estamos retrasando… Han cogido un bus, en el que sobraban sitios y no nos han dejado entrar porque era privado, cuando estábamos tirados en Tatopani. Y cuando se les jode, nos vienen, de malas, a pedir meterse 11 personas en un jeep, y que les salga gratis.

En fin, no creo que mucha gente hubiera sido solidaria. Así que nosotros, tras intentar negociarlo para sacar algún beneficio de ir tan apretados y no conseguir nada, les dejamos allí tirados. Claro que esto tuvo sus consecuencias, nuestro driver y nuestro guía, que eran colegas de los del bus, siguieron el viaje medio picados por nuestra supuesta insolidaridad.  Así, poco después pararon en un descampado, en el que había un bar, y dejándonos dentro, con una familia nepalí que habían recogido poco antes (los padres y tres críos), a los que iban a acercar a algún sitio, se pusieron a cenar, tranquilamente. Como había dicho antes, eran gentuza.

Para las 10 llegamos a Beni (maldito indio vendehumos, no habríamos llegado a Pokhara hasta las 3 de la mañana…). No sabíamos cómo era Beni, pero donde pararon tenía muy mala pinta. Antes de que el coche se parara del todo ya vino un tipo rápidamente a ofrecernos habitación. Iñigorkha no estaba nada de acuerdo con parar aquí. El primer sitio que vimos, que además estaba claramente compinchado con los tipos del coche, tenía pinta de arreglo entre ellos. Iñigorkha decía que era un timo y que nos llevaran al centro y nosotros buscaríamos un hotel, que tenía que haber más hoteles. Ellos decían que no había más, que era tarde (no tenía mucho sentido que los hoteles cerraran por la noche). Bueno menudo embolao que nos metieron. A mí, aun viendo el timo, me parecía que era algo, frente a ir al centro de este “pueblo” en el que no había luz, y buscar a ciegas un supuesto hotel mejor… Aunque cuando entramos en el hotel me arrepentí de no hacer caso a Iñigorkha y convencerle para quedarnos aquí, al ver el pueblo al día siguiente me sentí aliviado ya que cualquier otra opción habría sido mucho peor que pasar la noche en ese hotel.

El hotel era como el peor hotel de camioneros en una autopista que se puede encontrar en España, pero estando en Nepal, con lo que se multiplicaba su calidad por -10000.  Hotel cutre, con manchas en las paredes de las habitaciones, catres sucios y malolientes y ambiente grasiento. Sólo había camioneros. El tipo que estaba a cargo recordaba un poco a Torrente: gordo con un bigotillo, sudado y con aspecto obsceno en general. Dejamos cosas en la habitación, y bajamos a cenar algo. La cena fue absolutamente infame. Mientras nos comíamos aquel arroz en bandejas metálicas probablemente sucias, el dueño del hotel y nuestros driver y guía se sentaban al otro lado del comedor riéndose de nosotros y señalándonos.

Nos fuimos a la habitación, e intentamos dormir. No pasaron ni 20 minutos cuando alguien empezó a urgar en la puerta, intentando entrar. Momento acojono (al menos en mi caso). Pero qué coño! Le dije a Iñigorkha que si lo había oído. Me dijo que sí, y acto seguido se quedó dormido. Yo me hice un nudo con la cámara, pasaporte, cartera y demás a la mano, los agarré, por si me quedaba dormido. Finalmente no me quedé dormido. Hubo otros tres intentos de entrar en la habitación, a lo largo de la noche. Otra noche en vela, para mí peor que la de los mosquitos…  en aquélla tenía sueño, en ésta tenía miedo.

La prueba de fuego había pasado, pero todavía quedaban 2 días…

El día 17 supuso un antes y un después. Nos supuso tener, por primera vez y de verdad, la mirada de los mil metros. El día 17 miramos a la muerte a la cara y nos reímos de ella.

Written by calabacinelaventurero

enero 17, 2011 at 13:07

Publicado en Batallitas

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